domingo, octubre 08, 2006

CUENTOS DE LA CUEVA

DIARIO DEL QUE ANDABA SOLO.

4 de octubre.

Hace doce días que estoy aquí. Las razones que me condujeron a este exilio aun no están tan claras como para relatarlas en este diario. Trataré de ir desmembrándolas con la calma que me ofrece esta soledad. Pero algo angustioso de este valle manchado de abetos y piedras blancas, algo aun más costoso de desentrañar que mi huída, comienza ha habitar estas hojas.
El desconcierto que siento no viene de la naturaleza casi pura y alejada que me rodea, solo es el decorado perfecto de este lugar, con 27 casas vacías, que luce menos peligroso cuando la niebla deja asomar las pizarras de los tejados, casi derruidos.
Pero a su vez la niebla esconde lo que realmente me asusta; el interior de esas paredes, que creía abandonadas.


5 de octubre.

Son las 6 de la mañana, estoy despierto desde las 4, a esa hora en la que el frío te prohíbe dormir, pues se cuela como el agua por las rendijas y te inunda, siento los pies mojados.
Me he despertado de un salto. Si se repite la secuencia, sobre las 7, saldrán ellos, los que se acercan a mi puerta.
Son unas once sombras, once cuerpos negros, que vienen al ritmo que se aleja la niebla. No me dan miedo. Aun. Un amigo me explicó una vez como el miedo y la agresividad se reflejan en los ojos de todos los animales sin distinción. Yo no he visto sus ojos, solo son un rostro negro, y nada más. Así que solo me profesan una extraña angustia, un deseo de acercarme a ellos con cautela, observarlos.

Ahí están. Si me están mirando 5 metros más abajo no lo sé. Me es imposible distinguir el gesto de su cuello, no sé si están alzados mirándome, o simplemente miran mi puerta, como parece en principio. Como ya dije, son de una oscuridad perfecta, no se distinguen ropas ni perfiles, son manchas negras que caminan a una velocidad inusual, como si flotaran ligeramente unos milímetros sobre el suelo. Son fantasmas tan típicos que no los hace creíbles. Pero esto no es un relato al calor de una hoguera con adolescentes hiper hormonados con una linterna en la barbilla. Esto es un diario que, al fin y al cabo es una excusa que pone en orden lo que me existe y rodea. Estoy solo en medio de esta nada verde oscura, con ellos.
Se van, cinco o diez minutos después se van. Se dirigen hacía las casas quinientos o seiscientos metros más allá de mi puerta. No se si se esconden allí, si viven o simplemente vagan entre sus paredes, pero no veo si entran, pues, la niebla que siento me protege, ahora les sirve a ellos de cobijo y escondite.
A última hora de la tarde ha venido Víctor, el dueño de la casa, mi amigo, el que me ha protegido, el que me esconde. Nos hemos abrazado, estas muestras de afecto en mi son anormales pero después de todo solo lo tengo a él, que me respondió cuando necesité ayuda.
Ha dejado ginebra sobre la mesa de la cocina. Se va, me sonríe. Le tengo tanto que agradecer que no se que decir cuando se despide. Enciende el coche, y pierdo el sonido del motor demasiado pronto, demasiado, demasiado…



6 de octubre.

Son las 5 de la mañana, y de nuevo este frío. Me he masturbado en el baño, lo necesitaba. La mente se me vacía, se bombea la sangre.
Decido bajar al pueblo, necesito comprar comida y alcohol. Me cubro con una gabardina apolillada que encontré en uno de los armarios de la casa. Saco el coche del pajar que hay detrás de la casa.
Para llegar al pueblo necesito cruzar las 27 casas vacías, un antiguo camino que corta la aldea en dos y a su vez corta el valle en línea recta, hasta llegar a un cruce, con una carretera más circulable, 19 kilómetros de curvas más abajo. Por esta carretera, tras media hora de trayecto se llega al pueblo más cercano.
Quedan aquí solo unos 30 viejos, ningún niño. Oigo en el colmado que el cura esta hoy en la parroquia. A pesar de ser muy arriesgado por las preguntas que pueda hacerme(los viejos no preguntan, solo me miran, en cambio, el cura, no se conformará con solo responder a alguna de mis dudas)pasaré a hablar con él, necesito saber algo más de la aldea que habito.
El cura tiene 90 años, apenas se le pueden ver los ojos, ya que los párpados le cuelgan como dos bolsas. Tiene una sonrisa perpetua. Me da la mano y me mueve todo el cuerpo con dos sacudidas en mi hombro.
-¡Cuánto va a rezar con tanta ginebra!...¿sabe quiénes son los que más visitan la parroquia? Los borrachos y los perdidos, ¡ja, ja, ja!
- Sí, imagino…la desgracia va con todo esto…-
-No hombre, no dramatice, últimamente en la iglesia nos estamos “alegrando”-
-Perdone, quería preguntarle una cosa, algo sobre la aldea de arriba.
El cura, con gesto curioso se acerca a mi, un escalofrío me recorre la nuca. La iglesia es muy oscura, tiene un eco tenebroso. Me mira.
-¡Ja, ja, ja! qué me va a preguntar, ¿sobre fantasmas, verdad?...allí todos ven fantasmas, pero le aseguro, todos y cada uno de los que vieron los fantasmas eran los mismos que los veían bajo su cama. Unos tarados, cobardes y paranoicos. ¿Usted no ve la tele? Estos que salen diciendo que le ha abducido un platillo volante ,mientras en los ojos se les puede ver el color del cazalla, son los mismos que ven fantasmas en todas partes. Esta región es una mina de personajes de esa guisa. Mire, nunca lo había pensado…Será el cierzo que pega con mala leche… ¡ja, ja, ja!... Usted, muy señor mío, no parece de los que ve almas en pena debajo de su colchón.
(No voy a conseguir ninguna respuesta, pero insisto, rodeando la curiosidad.)
- No hombre, no, quería saber solo por qué se quedó vacía, por qué la abandonaron.
-¡Ah!...pero ¿quién le ha dicho que esta abandonada?
-Bueno…están todas las casas…¿vacías?- riéndose a pecho abierto el cura me corta:
-Qué sí, hombre, que solo quería gastarle una broma…No se preocupe, no hay enigmas detrás del abandono de la aldea, se lo digo yo que fui de los últimos en dejarla.
-No sabía que usted vivió allí.
-¡Pues ya sabe!…sí, toda, toda la vida ,caballero, la pasé allí.
-Casi toda su vida, dirá.
-No- el cura, el señor Lecuona, cambió el gesto por una mezcla de extraña melancolía, un fruncido de los ojos imperceptible, un arrugar de las cejas, que se hacía más evidente en la derecha, donde una cicatriz la partía en dos, entonces me miró fijamente a la boca, como esperando una respuesta rápida.
Justo en ese momento entró por la puerta una figura encorvada, que llamó la atención del cura.
- ¡Hombre, señora Julia, cuánto tiempo, al fin sus hijas nos la devuelven al pueblo!- el cura se gira hacía mi, y me dice cómplice:-esta mujer debería ser patrimonio del pueblo, qué digo, ¡de la comarca!. Tiene 109 años, y mírela, parece que tenga 70…
-Señor, yo debo irme, pronto se hará de noche, y aún me queda un trecho.
-…Le noto cierto miedo en los ojos, caballero…Cuando le dije que había pasado toda la vida allí, le dije en sentido figurado …No se asuste hombre, que mire que vivo estoy, ¡toque, toque!- me coge entonces de la mano, y me la aprieta contra su pecho-...Si quiere que le diga la verdad, uno ve solo lo que la mente le dicta, y la mente nos dicta mucha confusión a veces.
¡Señora Julia, venga aquí, que le presentaré al nuevo vecino!-
-Lo siento señor Lecuona, tengo prisa.
-… Bueno hombre..tenga cuidado en la carretera. Los jabalíes mal paridos son unos animales encabronados que se atreven hasta con un coche, y le digo yo, esta tierra esta llena de mal paridos ¡ ja, ja, ja!.
Salgo de la iglesia, cabizbajo y un poco aturdido al mirar el cielo que adquiere un tono lila a estas horas de la tarde. Qué pronto oscurece en estas latitudes. Me enciendo un cigarro.
Necesito un par de vasos y dormir.


7 de octubre.

Me despierto sudando pese al frío. No recuerdo a que hora me dormí. Estoy en el suelo, tapado con la gabardina roída que encontré en la casa, me faltan los pantalones me duele el peso de la camisa y la cabeza. Necesito paracetamol, ya.
Miro la hora, son las 6’30, espero que mis visitantes no hayan venido en mi ausencia. Cosa, que ahora que pienso, no sería normal, ya que tengo la impresión que me esperan. No se como lo saben , pero parece una siniestra coreografía. Hago café. Abro la ventana. Allí están. Se va la niebla y vienen ellos. Son las 7 exactamente.
Algo me alerta, algo extraño, algo que no cuadra. Son doce, uno más, que camina detrás del grupo, a unos metros. Llama especialmente la atención, ya que ellos caminan- o flotan- demasiado juntos, parecen niebla negra, pero más lenta en su conquista de terreno. Me duele la cabeza. El nuevo es más bajito que los demás, diría que podría ser un niño. Se mueve torpe, muy humano. Se desliza como el resto, pero en vaivenes desajustados. Parece que se cae en el aire, que tropieza en el aire. Se detienen en el mismo lugar de siempre, a unos metros de mi puerta. El nuevo parece asustado, se mueve extraño, tengo la sensación que estoy entre ellos, puedo olerlos, mirar su rostro negro, ver lo que tanto me asusta, sus ojos, sin verlos. Hoy no puedo aguantarlo, me separo de la ventana. Me vuelvo a asomar, siguen allí. Abro la ventana.
-¡ Iros de aquí!- grito desgarrado, entonces un pinchazo agudo en las sienes, parece metralla, me aplasta el cerebro. Caigo de espaldas. Ya no recuerdo nada más. Todo es oscuro y respiro como un pez fuera del agua.

Me despierto, de nuevo en el suelo, de nuevo mi cabeza, son ya las tres de la tarde, llueve, y lo hace con fuerza. Las gotas hacen que las tejas bailen. Como las luces que bailan en mis ojos. No puedo moverme, estoy en el suelo, mirando el techo, cada vez llueve más fuerte y parece que se va venir abajo y me aplastará. Si se cae que me hunda la cabeza, no puedo aguantar el dolor. Que no sea como en las películas malas; después de una terrible explosión el actor o la actriz de turno, bajo los escombros que solo aplastan el cuerpo para dejarle la cabeza libre, estratégicamente, dando el tiempo suficiente, dice unas sentimentales, ultimas y solemnes palabras…yo no aguantaría más el dolor de cabeza …Dios, ya no se ni lo que digo. Intento incorporarme, no hay manera de levantar la cabeza, creo que estoy sangrando…Pero, un momento. Oigo algo, no, no puede ser, es mi cabeza maltrecha, no. Sí, sí, puede. Sí, es.
Hay alguien en la casa, ese no es el ruido de las gotas.
Escucho claramente, no a uno, son muchos. Están subiendo las escaleras que dan a mi habitación. Parecen animales en estampida. No son pasos, rozan la pared, parece que se arrastren por la pared. Estoy realmente asustado. Cierro lo ojos con fuerza y me quedo inmóvil, tirado y sangrando en el suelo. Abren la puerta, son varios, no hacen ruido ahora, solo siento el aire que mueven muy cerca de mí. Tengo que abrir los ojos, pero el miedo me tiene preso, soy incapaz de moverme, aunque quisiera, no podría. Me podrían matar si quisieran. Tengo miedo, no a que me maten, les tengo miedo a ellos, a abrir los ojos y ver los suyos. Hay silencio, parece que no llueva y esta diluviando, estoy tan concentrado en los que me rodean que no percibo nada más allá de un metro de mi. Silencio, siento que me están mirando. Silencio.
Se van, con el mismo ruido.
Siento escalofríos. Eso significa que mi cuerpo puede reaccionar. Lo que daría por un cigarro. Abro los ojos, y las formas comienzan a tomar su dimensión correcta. Me incorporo como puedo.
Tengo la espalda mojada de mi sangre. Voy a la ventana, a tientas y cojeando por un dolor en la espalda insoportable. Sea quien sea lo veré. La puerta se abre, ya salen. Sale uno. Se detiene, son ellos.
Parece que me mira, parece. Entra veloz. Creo que vuelven.
Me tiembla todo el cuerpo. Suben, o vuelan por la escalera…Se han detenido.
Respiro a duras penas, me siento derrotado. Tengo las manos sobre la mesa que hay junto a la cama. Bajan. Se van, oigo la puerta, y no salgo a la ventana. Necesito una ducha. Una copa y rezar para que me duerma. Esto no puede estar pasando.



8 de octubre.


No puedo moverme, estoy en la cama desde ayer, después del encuentro con ellos. No quiero hacer nada, hoy no me moveré de aquí. Necesitaba escribir estas palabras; creo que he tenido demasiada actividad estos días, he descuidado demasiado el estado de las cosas que me han conducido aquí, a esta soledad a medias. Debería haberme quedado en la cama, solo salir para proveerme, desde que llegué. Qué vengan los fantasmas a mi puerta si quieren. Y si llego a saber que entrarían hubiese preparado unas copas para ellos.
Muevo la cabeza hacía la ventana, miro la niebla que empieza a retirarse con su lechosa marcha protectora. Pienso que todo es muy raro. Me miro los pies, son raros. Miro el techo y pienso que me sería imposible idear una manera para enganchar un ladrillo con otro, atravesar la estructura con vigas de madera enormes y que no se desmoronara. Miro el cielo y pienso lo raro que es que esa estrella que queda rezagada se mantenga allí, suspendida. Yo con cemento no puedo hacer que un techo me cubra, y ella allí, sin nada, mírala, perfectamente clavada en el cielo. Y ni si quiera sé si está o realmente no, si es su luz la que llega o el cuerpo que veo desapareció hace cientos de años. Qué raro.
El marco de la ventana es raro. El cristal es raro, las burbujas que quedan en ese cristal antiguo son raras, el aire viejo y podrido que contienen aun es más raro. Mis manos son raras, las miro. Cinco dedos capaces engarzados a una base sin movilidad. Me huelo los dedos, huelen como yo huelo. Me vuelvo a dormir, dejo el cuaderno sobre el pecho.





9 de octubre.

Son las seis. Me duele aun la herida de la cabeza, pero ya esta cicatrizada, yo siempre he cicatrizado bien. He decidido que hoy no saldré a ver su peregrinación. Voy a bajar al comedor, me voy a sentar con una taza de café, frente a la puerta, para ver si se atreven a entrar. Hoy no tengo miedo. Estoy descansado, me siento bien, noto el aire de la montaña, al fin, en mi pecho.
Muevo el sofá y lo coloco frente a la puerta, he hecho el café, y una gota de leche lo decora. Me encanta el olor a café.
Son las 7, el frío traspasa la puerta por la rendija de un par de centímetros que deja pasar la luz , bajo la puerta. Este frío parece un cuchillo, se clava. Necesito encender las luces, esta casa es muy oscura, tiene pocas ventanas.
Son las 7, y hace frío. Deben estar allí, pero no los noto. Mi comunión con ellos ha llegado a este punto; los presiento y siento que ellos me presienten. No están. No puede ser. Estarán pero se me hacen imperceptibles. ¿Abro la puerta?. No, que la abran ellos. No es miedo, es quedarme a la expectativa de cómo reaccionan. No pasa nada. A su vez no siento que haya nadie al otro lado. Ahora que lo pienso es la primera vez que estoy tan cerca de ellos, si es que están. No siento nada especial. Quizás el allanamiento de morada solo fue un tanteo. Si hubiesen querido hacerme daño lo hubiesen hecho sin más.
Ya está, subo a la habitación. Miro por la ventana, nadie a la vista. Me ha aburrido un poco la vigilancia y me ha entrado sueño.
Duermo.

Son las 12 del mediodía. Decido ir a dar un paseo. Aun no he paseado y el lugar, he de decir, es hermosísimo.

Tengo un nuevo amigo, hoy me tomaré unas copas junto a él, si esta de ánimos nos montamos una fiesta por habernos conocido, nos vamos a agarrar la borrachera más gorda que se ha conocido en el valle. Es noche cerrada, no hay luna. No lo veo muy animado, me parece que celebraré la nueva amistad yo solo. Pobre, esta herido en una pata, espero aguante. Me lo encontré mientras paseaba por uno de los caminos que conducen a uno de los bosques más frondosos que jamás he visto. Al principio, a unos metros de él, mientras se retorcía sobre sí, pensé que era un conejo o una liebre ( que jamás supe diferenciar) pero no, era un gato, blanco, atrapado en una antigua trampa, un cepo metálico que había destrozado la pata del pobre animal. Me sorprendió encontrar un gato en esta zona, el gato esta rollizo, gordo y bien alimentado, este gato es de la ciudad, del pueblo, quiero decir. Al principió, cuando lo saqué de la dentada trampa, se revolvió y sacó las uñas, no tenía fuerzas, en seguida ,al apretarlo contra mi, su respiración comenzó a volverse pausada. Le he bañado en yodo la pata, le he hecho un vendaje horrendo, pero aguantará . Ahora lo tengo a mi lado, dormitando, después de olisquear toda, toda, toda la casa. Me siento bien con mi nuevo amigo.
-¿Un trago?.

10 de octubre.

Estoy fumando demasiado. Fumo de dos en dos.
El parte de hoy de mi amigo gato no varia, pero lo noto menos tenso, parece que se ha familiarizado pronto. De momento se mueve torpe, pero los gatos son elegantes, hasta con la pata herida. Me gusta mirarlo, ver como se mueve, ver como duerme, verlo lleno de tanta paz. Hace un rato que lo tengo a mis pies. Se acercó a tientas, se iba deteniendo a cada paso, me miraba ladeando la cabeza un poco a la izquierda. Me encanta que haga eso. Me olisqueó el pantalón, se frotó el lomo contra mi como pudo, casi cayéndose por la herida que debía dolerle, y se enrosco entre mis pies. Llevo más de una hora sin moverme, para no molestarle. Es una manchita blanca en el suelo ocre de madera.

Hoy no hay novedad, salvo que el frío aumenta. La casa parece abrirse al frío, es como si las pocas ventanas que tiene estuvieran abiertas y el tejado hubiese desaparecido. Esto más que frío parece viento. El gato mueve una oreja, con espasmos, como un tic. Está tan a gusto aquí que me ha parecido que ronronea.
-Gato, hoy de comer haré la ternera a la jardinera, como la hacía mi madre. No tenemos guisantes, pero no te preocupes, saldrá buenísimo.- abre los ojos poco a poco, me mira- …ahora que pienso amigo, debería comprarte algo de pescado,¿no? se supone que os encanta…Mañana nos vamos de paseo al pueblo-
Lo cojo con suavidad, hace un tímido maullido, voy a cambiarle el vendaje y a lavarle la herida, esta vez procuraré que el vendaje, como mínimo, lo parezca.
-Gato- lo agarro por las patas delanteras y acerco su morro a mi nariz- eres muy raro .


11 de octubre.

La casa cruje, deben ser las 4 de la mañana, el gato me ha despertado, se ha subido a la cama y casi me mata del susto. Me olvidé demasiado pronto del contacto físico con el resto de bestias y me pareció un puñetazo, cuando aterrizo suavemente, amortiguando su peso, sobre mis rodillas. Esta casa es muy oscura. Bajo a hacer café. Miro el comedor, esta casa es enorme. De las paredes cuelgan unos cuadros horrorosos que me angustian. Son de esos de escenas de caza. Recuerdo cuando era niño, siempre andaba en casa de un amigo u otro, jugando con los playmobil. Todos tenían esos cuadros en las paredes, estoy seguro que ninguno sabía como llegaron esos cuadros a sus paredes, ni siquiera sus padres. Esos cuadros no se compran, yo nunca los he visto en ninguna tienda o galería, ni en esas tiendas de centros comerciales que se dedican a vender láminas. Láminas de un mono con un bebé, abrazados, de un niño besando a una niña vestidos como dos adultos en los años ochenta, junto a las indias de Gauguin, o las flores de Klimt. ¿De donde diablos salen esos cuadros pues?.Supongo que estarían, y allí los dejaron. Yo hago lo mismo, no tocaré nada. Bastante ha hecho por mi, como para que encima le “redecore” la casa. Supongo que él encontraría aquí los cuadros también. Nunca le pregunté porque compro esta casa, tan alejada.
-Hola gato, buenos días, ¿cómo te encuentras hoy?-. Mi amigo ha entrado a la cocina, maúlla suave, como él hace. Debe tener hambre. Abro una lata de atún, la devora. Me toco la cabeza, la herida aun me duele.
-Hoy vas a conocer a nuestros vecinos.

Abro los ojos, estoy estirado en el borde de la cama, me he quedado dormido. El café aun humea, me incorporo y le doy un sorbo. Miro al gato, esta en la ventana, sentado, dándome la espalda, con la cabeza ladeada mirando a través del cristal. Son las siete. Me levanto, me acerco a él, y le acaricio la cabeza, entre las orejas. Yo estoy de pie, él hoy ha ocupado mi asiento en tribuna. Allí están, de nuevo. Salen de las casas vacías, de dos en dos, de tres en tres. El último, el pequeño, sale solo, pero esta vez toma la iniciativa y se pone primero. Se dirigen aquí, a mi puerta. Me entra algo de miedo, pero miro al gato y sonrío, al ver que, cuanto más se acercan ellos él más ladea su blanco cuello. Miro abajo, ahí vienen. Se quedan en el mismo sitio.
-Gato, mira a tus vecinos.
No sé quienes son, no sé a que vienen. Lo peor es que no sé si su entrada a la casa es un aviso de que esto es una tregua circunstancial, o la simple curiosidad que yo también comparto.
Se van, se van.

Bajaré al pueblo, mi amigo va a elegir la compra hoy.
Tengo miedo que la curiosidad me pueda y, cuando cruce las casas, detenga el coche y entre en ellas. No quiero. Para comprender algo necesito esta relativa lejanía.


12 de octubre.

Escucho el motor del coche que se detiene. Me despierto, son las 11. Es Víctor, debo esconder a mi amigo, evito cualquier conflicto con él mientras me aloje aquí.

No le he contado nada de las sombras que acechan día sí día no desde esas casas vacías. Mientras él me cuenta no sé qué cosa de su trabajo miro el camino que conduce a la casa, el pasillo por el que vuelan, el camino por el que llegan. Qué hermoso es este lugar, pienso, mientras Víctor deja el dinero que le pedí me sacara del banco, sobre la mesa de la cocina.

Nos abrazamos, se va. Por fin se va. Saco al gato del armario de mi habitación, tiene la pata mejor y sale disparado.
-Hoy no haremos nada amigo, nos quedaremos aquí, mirando el cielo, hoy miraremos el cielo.

13 de octubre.

Me despierto a las 5, los truenos descargan su furia justo encima de mi cabeza. Una explosión de luz casi solapada con un ruido de monstruo. Es como si crujiera el cielo en toda su inmensidad. El gato está conmigo, en la cama, asustado. A mi me gusta la tormenta. Antes llovía más.
Recuerdo casi toda mi época del colegio metido en la clase o en la biblioteca, jugando al parchís, o dibujando, pues siempre llovía, siempre, durante los meses que se conocían como lluviosos. Así descubrí el orden que ejercen la naturaleza y sus ciclos, ahora eso no existe. El calor puede durar hasta octubre, y el invierno alargarse hasta finales de abril. Antes llovía cuando debía. Lo maravilloso era cuando la lluvia nos daba una pequeña tregua y podíamos salir a disfrutar de los últimos diez minutos de recreo. Íbamos corriendo al talud del jardín que había en la parte trasera del colegio. Hacíamos una batida en toda regla, tres muchachos en la parte de arriba, otros tres en la de abajo. Ahí es donde se encontraban los caracoles, enormes y brillantes. Estaban quietos, como dormidos. Lo fascinante era cogerlos y mirar si bajo sus diminutos cuerpos resbaladizos estaba el agujero que escondía unos huevos como perlas. A mi me gustaba coger el caracol y olerlo. Luego mirábamos los huevos, solamente. La crueldad vendría luego, dentro de unos años. Aun teníamos la piedad suficiente para dejar el caracol donde lo habíamos encontrado. Como niños, teníamos nuestros secretos, y una especie de solidaridad o empatía nos hacía respetar el secreto de los caracoles.
Llueve, me gusta el ruido de las gotas. Hago café. No recuerdo las caras de mis amigos. Es extraño como nuestro cuerpo nos prepara para desechar la memoria de los rostros cuando éstos van a desaparecer y lo sabemos. Cuando mi padre estaba ya en las últimas, cuando lo único que sabía era lo que me había dicho mi hermano mayor, “son unos tubos y unas agujas pegadas a un tronco casi vivo”, intenté recordar el rostro de mi padre, justo en el momento que supe que iba a morir. Pude presenciar lo que nos hace la memoria cuando nos prepara una despedida. El rostro duro y agrietado de mi padre, fue deshilachándose, lentamente, fui perdiendo la imagen a pesar de mi lucha por retenerla, empezaba a olvidarme de su gesto, de su ruido, de su voz, de él, cuando ni siquiera estaba empezando a morirse.
Llueve, me gusta el ruido de las gotas. Tomo el café. El gato sigue durmiendo, pero yo le dejo el desayuno, unas deliciosas sardinas que ayer hice en la chimenea, al pie de nuestra cama.
Son las 7. Me acerco a la ventana, en la misma mano tengo la taza de café y un cigarro, el quinto del día.
Allí están. Van saliendo, pero de nuevo la sorpresa. Son trece, hay uno más. De nuevo el desconcierto se adueña de mi. Si se repite el día que se añadió uno a la marcha, entraran en casa. Me quedo en pie junto a la ventana, esta vez intentaré no perder la cabeza y no enfrentarme a ellos. Los miro. El nuevo es extremadamente delgado, y como su predecesor(que ya flota con total control), vuela torpe y parece confuso. Va el último, ninguno lo espera. Llegan a mi puerta. Allí se quedan. El gato se despierta, lo se porque le oigo comer, yo, sigo absorto mirándoles, controlándoles.
Se quedan quietos, no hacen nada. Me tiemblan las manos. Parece que la lluvia los traspase, ni se inmutan cuando los truenos suenan como bombas.
Se van.
Hoy saldré, cuando pare la lluvia. Voy a rodear las casas, caminando. Si no deja de llover me acabaré la ginebra que quede.

14 de octubre.

Sigue lloviendo, desde ayer sigue la lluvia, ya sin rayos y con menos fuerza. Ayer no salí, permanecí en casa, ya no queda ginebra. Cada vez estoy más preocupado por los habitantes de la aldea. Necesito saber de donde salen, por qué vienen. Mi curiosidad se ha transformado.
Me tomo paracetamol, mi cabeza.
Ha dejado de llover. Salgo.

He necesitado unas botas de agua que encontré en el pajar. Eran de mi número, perfecto.
Recorro el camino por el que llegan, pero me desvío justo cuando este se introduce entre las 27 casas, ya que todas las puertas dan a él y no quiero correr ningún riesgo.
Rodeo el ala izquierda de la aldea, a unos 20 metros de separación de las casas. Nada extraño. Cruzo el camino, y me encuentro con mi escalofrío, mi perplejidad, justo tras bordear la primera casa del ala derecha.

Hay 13 montículos de tierra. Paso uno a uno, lentamente, a su lado. Los primeros son imperceptibles. De manera escalonada se ve como los montones de tierra son más frescos, están más removidos, según me acerco al último.
Vuelvo al primero, al más antiguo. Me detengo frente a él. Lo elijo por la probabilidad de que el tiempo haya hecho desaparecer lo que sea que allí se enterró. Por una parte no quiero saber nada de todo esto, pero la angustia me empuja. Empieza a llover de nuevo. Me arrodillo frente a él, y escarbo con mis manos. No hay nada, continuo. Un rayo; la luz me ilumina las manos manchadas de barro y sangre, me detengo. Me puedo ver desde fuera de mí, veo hasta mi dolor de cabeza, veo como me duele. Me miro. Me incorporo, corro a casa. No quiero saber nada. No quiero saber nada. El trueno, el ruido. Solo tengo miedo, ahora.
El gato esta en la puerta, esperándome, angustiado, lo puedo adivinar en sus ojos.
-Solo son rayos gato, solo son rayos.
Queda el vino. Me siento en el sofá, frente a la puerta.

Llevo todo el día aquí, no he comido. No puedo pensar con claridad, me duelen las rodillas de no moverlas, me duelen los hombros de la tensa espera de nada. Ya es de noche, la lluvia sigue. El gato permanece a mi lado, sentado, mirando a la puerta. Parece que ya no tiene miedo a los rayos. Le acaricio la cabeza, me tranquiliza esto, y el vino.
Subo a la habitación. Me siento derrotado, desconcertado. Debería coger el coche mañana e irme. Pero a donde.


15 de octubre.

Despierto encogido en la cama, apretándome el estómago. Abro los ojos con dificultad, me pesan los párpados una tonelada. Ahí esta él. De espaldas, mirando la ventana. Se va, sale de la habitación, y logro ver un cuchillo en su mano. No se que hora es. Consigo coger el cuaderno y el bolígrafo con el que ahora escribo. Entonces veo mis manos llenas de sangre. No me atrevo a mirarme el estomago. Sé que lo tengo reventado a cuchilladas, me quema el estomago.
Pienso en mí, mi fotografía, y voy perdiendo mi imagen, mi rostro, poco a poco, me estoy desapareciendo. No me quedan fuerzas. Oigo que algo metálico roza la pared mientras él sube de nuevo a la habitación. Ha debido ver la tierra removida. Miro al gato como me mira, está a mi lado. Me muevo a duras penas, los brazos se paralizan. Mi respiración es entrecortada, mi garganta se va llenando de sangre. Ya lo entiendo todo; estos eran tus muertos, y venían a buscarte a ti. Los dos últimos vete a saber donde los mataste, vete a saber por qué, pero los enterraste aquí, en tus dos visitas. Ahora que ya se acaba, sólo dejo esta nota para ti Víctor, que seguro lees.

Pasado mañana seremos 15.

La poca luz desaparece, mi mano pierde la fuerza. El gato salta de la cama. Hace un día maravilloso, y el sol parte en dos todas las nubes negras. Cierro los ojos.

FIN.

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